miércoles, 17 de diciembre de 2014

CRISIS DE LA SOCIEDAD SALARIAL. DESIGUALDAD Y SOMETIMIENTO



   La modernización en nuestra sociedad trajo la difusión y masificación del régimen del asalariado. Los campesinos y jornaleros del campo y la ciudad fueron gradualmente accediendo a un nuevo status que se caracterizaba por el logro de empleos bajo el régimen de asalariado, con un pago fijo y estable, y una tutela de la legislación laboral.

  Hacia los años sesenta este régimen se benefició del impulso que le brindaba un contexto político, que aspiraba estabilidad y una condición económica que adoptó y promovió un esquema de industrialización por la vía de la sustitución de importaciones. Por los años setenta se alcanzó un alto nivel de extensión del régimen de asalariado tutelado, además de sindicalizado y partícipe de los beneficios de las convenciones colectivas, con lo que se fueron mejorando aquellos sectores que convenio tras convenios revisaban y ampliaban sus condiciones de trabajo y el acceso a beneficios socio económicos.

  En tanto algunos sectores mejoraban sensiblemente sus condiciones de trabajo y de vida gracias a las acciones reivindicativas, otros quedaban en los limites mínimos que la legislación laboral otorgaba. Por eso a fines de la década del ochenta se inició proceso de su revisión, concretándose con la Ley Orgánica del Trabajo en 1990, sirvió para mejorar a quienes eran la amplia mayoría de los trabajadores, es decir los que no disfrutaban de los beneficios de las convenciones colectivas. También es útil destacar, que los beneficios de los convenios colectivos se convertían en referentes con cierto impacto en algunos sectores no contractualizados.

  Con lo anterior se deja ver, tres procesos importantes a tener en cuenta en lo tocante al progreso y la desigualdad entre los trabajadores. Primero, es muy importante contar con la capacidad para que se organicen y dispongan de instituciones propias para sus acciones reivindicativas; segundo, que concreten con los empleadores la revisión periódica de las condiciones de trabajo en los ámbitos productivos, sea en la empresa o en la rama sectorial. Tercero, hay necesariamente una vertiente de  la acción reivindicativa que ha de dirigirse hacia las instituciones estatales, para el logro de decisiones sobre políticas sociales y económicas que están más allá de las facultades de los empleadores.

  Con los dos primeros procesos se mejoran las condiciones de trabajo de los trabajadores organizados sindicalmente, por eso el hecho mismo de organizarse es una condición necesaria, y con ello reclamar con la fuerza de la representatividad ante el ente empleador condiciones justas y viables para el trabajo y la distribución de los beneficios. Con el tercer proceso, se apunta a un doble propósito, por un lado obtener respuestas a la satisfacción de las necesidades que están más allá del ámbito de solución de los empleadores, y con esto igualmente se responde por problemas y necesidades de los sectores no organizados sindicalmente, pero afiliables al mundo sindical o asociativo.

  El accionar en los términos descritos es lo que va fortaleciendo la sociedad salarial, porque da a los asalariados un espacio para su mejoramiento en las relaciones de trabajo, así como en las políticas públicas. Si el accionar es sólo en los centros de trabajo, en las empresas, lo que a la larga ocurrirá será una ampliación de la brecha entre las condiciones de trabajo de quienes tienen convenios colectivos, con aquellos que apenas son beneficiarios de los mínimos de la legislación laboral.

  Esta brecha a la larga se convierte en combustible para tensiones entre trabajadores beneficiados por lo positivo de la sociedad salarial, con aquellos que sólo acceden a los mínimos, o  peor aún con aquellos que ni siquiera acceden a estos beneficios de la legislación laboral. Como resultado se ve una fragmentación con tres segmentos claramente diferenciados en el mundo del trabajo, que se traduce en desigualdad. En nuestro modelo laboral se ha pecado de varias maneras para que esta segmentación y las brechas estén presentes. Veamos las más destacadas.

  El predominio de una sindicalización por empresa. Se trata junto con su resultado natural, como es la negociación colectiva igualmente por empresa, de las formas organizativas y de establecimiento de las condiciones de trabajo más retrógrada en las relaciones laborales de una sociedad determinada.

  Este esquema laboral por empresa es funcional a las conveniencias y ventajas de los empleadores. Véase que en el régimen de A Pinochet -Chile-, su conocido Plan Laboral -1978- asociado a su esquema de fomento de una política económica neoliberal al ultranza, se acompañó de cambios en materia laboral que hicieron desaparecer a los sindicatos por rama así como la negociación equivalente, sustituidos por los sindicatos y las negociaciones por empresa. Esquema que trajo consigo la desarticulación y fragmentación de las organizaciones de los trabajadores.

  Entre las consecuencias de estas forma de las relaciones de trabajo, se produce un fomento de aquella tercerización laboral motivada a disminuir costos laborales, ya que le resulta viable al empleador transferir trabajadores de su nómina a otra empresa, no importando que funcione en el mismo espacio productivo, y con ello el trabajador pasa a ser sujeto de la desafiliación sindical, y al mismo tiempo la pérdida de las conquistas laborales incluidas en los convenios colectivos que su propia militancia contribuyó a conquistar.

  Bien, resulta que en Venezuela hemos tenido gobiernos socialdemócratas, social cristianos y revolucionarios bolivarianos y todos han profundizado este esquema de sindicalización y contractualización colectiva. Además de un pronunciado intervencionismo en la vida y funcionamiento de las organizaciones de los trabajadores, pero no para su fortalecimiento sino para su subordinación. Se aprecia que el intervencionismo se ha acentuado en estos últimos tiempos con la vigencia de regulaciones que ahogan la vida sindical.

   Autonomía y subordinación es una lucha entre fuerzas y visiones tanto ayer como hoy. Solo que  muchos de los que pugnaban ayer por autonomía ahora se someten dócilmente, en tanto algunos comprometidos con el papel del poder de ayer han re evaluado el valor de la autonomía, como condición para la acción reivindicativa y política.