sábado, 19 de octubre de 2013

¿CUAL GUERRA ECONOMICA? ¿DE QUIEN Y CONTRA QUIEN?


De la “guerra económica” se ha venido hablando y escribiendo. Quienes exponen la tesis la sustentan en ciertos problemas económicos muy sentidos por la población. En primer lugar, las dificultades de consecución de productos fundamentales en la dieta, en el hogar y en la vida de las familias; en segundo lugar la elevación abrupta de los precios en los últimos meses, y finalmente escasez en la asignación de divisas en el sistema de control cambiario y la elevación de la paridad del dólar estadounidense en el mercado paralelo.

            Al escribir en comillas, lo que se quiere enfatizar es que no estamos convencidos de que se trate en este caso de una verdadera guerra económica. O mejor decirlo, que si bien las anomalías que se destacan como consecuencia de la supuesta confrontación bélica, si lo siente agudamente la sociedad, sea en los niveles de consumidores como de productores.

            Si se quiere insistir en que las dificultades económicas mencionadas provienen de una guerra económica, forzosamente hay apuntar la mirada hacia el lugar de donde provendría. Veamos con más detalles algunos de los problemas relevantes.

            Empecemos por preguntarnos ¿quién dirige la economía, tanto en establecimiento de regulaciones como en un importante papel en la condición productora? En nuestro caso no es difícil afirmar que es el gobierno. Es responsable directamente de mas de un 30% del PIB, pero también es el receptor de un 95% de las divisas que ingresan a la economía nacional. Es productor y proveedor monopólico de algunos rubros básicos, como petróleo y derivados, energía, acero, aluminio, gas, cemento, agua, entre otros. Controla directamente sin autonomía alguna el Banco Central, instrumento creador de dinero inorgánico. Por otro lado, es el empleador directo de más de 2.5 millones de personas, de un total en la economía formal de seis millones.

            Esta dimensión obliga a considerar que el más sospechoso de una supuesta guerra económica es quién tenga tales dimensiones. Son tantas las instancias que lo conforman que un control efectivo de si mismo, ya es una tarea compleja y no libre de los riesgos que teóricamente pueden llevar a escenarios de guerra económica, como son el desempeño errático deliberado o no, puede ser por negligencia, por impericia, por improvisación, por falta de entendimiento con quienes están vinculados con estas entidades productoras.

            Si no queremos apuntar la mirada hacia el gobierno en su condición de rector de la economía y productor importante, entonces veamos a los productores privados. Aquí están las empresas y los trabajadores. Con las empresas y sus dificultades es claro identificar que su razón de ser es producir y vender. Lo que lo impida choca con la naturaleza de la empresa. Aquellas que opten por estrategias que dificulten su producción y ventas están condenadas a desaparecer. No se niega que una empresa, un sector, o una amplia gama de empresas opten por un arriesgado comportamiento tipo lock-out, de negarse a producir como estrategia de protesta, lo que puede encajar en la denominación guerra económica. De alguna manera ello ocurrió en el paro cívico de diciembre 2002  y enero 2003, cubriendo a amplios sectores productivos.

            En la presente etapa las dificultades operativas del sector empresarial privado son variadas,  así como ampliamente visibilizadas las que derivan de políticas estatales que son concebidas, instrumentadas y aplicadas sin procesos de consultas y dialogo con los empresarios.

            Entre las dificultades y desestímulos al sector productivo nacional es relevante mencionar el enorme esfuerzo que se observa en las políticas gubernamentales en construir acuerdos  y convenios con otros países, tanto con  sus gobiernos como con sus empresarios. Es por ello el notable aumento de las importaciones en rubros que en otros tiempos la producción nacional abastecía el consumo, en algunos casos con excedentes exportables. El trato discriminatorio y desdeñoso hacia los productores nacionales, tanto empresarios como trabajadores abona al estado de pérdida de producción, en beneficio de otros países. Parece más  bien una guerra al revés.


            Y los trabajadores ¿que situación experimentan en esta llamada guerra económica? En primer lugar se pierden empleos o desmejora la calidad de los que quedan. Se dificultan los procesos de mejoramiento de condiciones de trabajo, dando lugar a mayores presiones conflictivas, con riesgos de sanciones gubernamentales como los casos de criminalización; así también amenazas de disolución de organizaciones sindicales o declaratorias de mora electoral por procesos cuestionables de intervencionismo externo.  Se violentan comportamientos en algunas ramas productivas, con total inacción de quienes tendrían que imponer la paz. Se desalientan muchos trabajadores jóvenes para los procesos de formación y certificación por las limitaciones de acceso y de hacer carrera en el sistema productivo. Téngase presente que la tasa de desempleo para los jóvenes multiplica por dos y tres la del total de la población. Se acentúa un proceso de fuga de recursos humanos calificados, que van a ser aprovechados en otras economías. Tanto los desempleados, desalentados, precarizados, los amenazados por comportamientos violentos que vienen imponiéndose en las relaciones laborales, los del salario mínimo, como los que se aventuran a irse del país, son de verdad perjudicados y desplazados por la guerra económica, pero ¿la guerra de quién y contra quién?