lunes, 4 de marzo de 2013

LA IDENTIDAD Y AUTONOMIA DE LOS TRABAJADORES


De los diversos problemas que encara un proceso de unidad de los trabajadores, uno de ello es el de la identidad con la condición concreta de ser trabajador. De lograr desprenderse de la tutela del poder, y de reconocer las fuerzas propias que como trabajadores se tiene.

 Tengamos en cuenta que todos respondemos a diversas identidades, ya que tenemos pertenencias a lo largo de nuestra vida a distintas condiciones o status. Empecemos por la condición de un recién nacido, de un bebe, sin duda en los primeros años de vida quedamos marcados por la relación materna y paterna, en todo caso se construye la relación familiar. Los valores y creencias familiares se transmiten a los hijos, en el marco del contexto cultural en donde se vive.

            Llega el momento del contacto más frecuente de los hijos con la calle, la escuela desde primaria hasta superior, los medios de comunicación, los compañeros de estudios, los residentes de la zona en donde se habita, y todo ello se amalgama con lo que se ha venido construyendo en el seno familiar. En todo ese proceso se van construyendo identidades además de las familiares, ya aparecen identidades religiosas, nacionales, locales, paisanaje, políticas, y otras según las circunstancias.

            Al incorporarse la persona al mundo del trabajo, nos encontramos un cierto grado de segmentación, según como ocurra la inserción laboral. En tiempos lejanos de la Venezuela pre petrolera, e incluso ya en la petrolera en sus primeras décadas, la inserción dominante era al mundo del trabajo del campo, con una notable marca de la influencia familiar.

            Con la modernización que los mismos recursos provenientes del petróleo permitieron, ocurrió un acelerado proceso de urbanización que dio lugar a que Venezuela fuera en este orden el país del proceso más rápido de toda la Latinoamérica y el Caribe, y eso es un asunto que conlleva complejidades. Estamos hablando de los años cincuenta para acá. Esto cambió el mapa demográfico nacional, tanto en su crecimiento como en su distribución espacial.

Hace 70 años el país tenía cuatro millones de habitantes, hoy tiene ocho veces más. Igualmente el país en esa época era predominantemente rural, y hoy las migraciones internas y los flujos de inmigrantes de varias décadas (especialmente de los cincuenta a los setenta) han dado lugar a que más del noventa por ciento de la población reside  hoy en asentamientos urbanos.

            En esos setenta años el país cambio, y con ello las identidades se complejizaron. A las identidades tradicionales como la familia, la religión, la escuela, el sitio de vida, se agregaron las propias de la vida moderna, vinculadas con las migraciones, con las ocupaciones y las diversas inserciones laborales, con los vínculos que los intercambios culturales y la amplia información a la cual se tiene acceso van permitiendo.

            Se reconoce que desde los años treinta hasta los años ochenta el país permitió condiciones para  que buena parte de su población mejorara sus condiciones de vida, para brindar oportunidades y expectativas de una mejor condición en las familias de una generación con relación a sus antecesores. En la literatura de autores europeos para referirse a un proceso de expansión continuada suelen hablar de los treinta años dorados, los gloriosos treinta que fueron del fin de la segunda guerra mundial hasta los años de la primera crisis petrolera, de la primera mitad de los setenta. En nuestro caso son los gloriosos cincuenta años.

            Ahora cabe preguntarse si todo ese proceso en cuanto al mejoramiento de la vida de la población y de la construcción de la infraestructura del país estuvo sustentado por las luchas unitarias de una clase trabajadora autónoma. Pensamos que si hubo contribuciones a las conquistas, pero que fundamentalmente nuestro caso obliga a tener muy presente la renta petrolera, y su administración y distribución por parte de quienes han detentado el poder del Estado. Lo que conllevó a que todas las clases sociales, la de los propietarios y las de los trabajadores se constituyeran en dependientes, ya que en alguna medida fueron beneficiarios del modo de reparto de esa renta.

            Con lo anterior se observa que se construyó por parte de los trabajadores una identidad muy poderosa con aquellos que ocupan las posiciones de control del poder del Estado, es decir una identidad con el poder, que connota posturas de sumisión y subordinación, y que contrarrestan y dificultan el desarrollo de posiciones autónomas en la construcción de las organizaciones de clase, y en este caso de la clase trabajadora.

            Agréguese que desde los ochenta ha habido un proceso de desmejoramiento constante de la situación material y política de la clase trabajadora, que no ha sido contrarrestado con la implantación de un modelo efectivo de cambios en las relaciones de poder y al mismo tiempo en el diseño y aplicación de un nuevo patrón productivo, que brinde oportunidades a la población nacional del momento y las que vienen, que no siga sustentado simplemente en el consumo de la renta petrolera.

            En estos últimos años el nivel de desarrollo de las organizaciones de los trabajadores han venido siendo restringidas en sus derechos y capacidades,  para poder jugar un papel realmente protagónico en la actual etapa transicional. Se trata de una restricción que no sólo es la histórica del capital en su constante proceso de asegurarse tasas de ganancia y mecanismos de control suficiente para preservar su hegemonía, sino de quienes ejercen el poder del Estado que promueve nuevas maneras de relacionarse con el capital y el trabajo. Por ello es imprescindible la identidad de los trabajadores en su condición de tales.